No habría mejor música para ambientar :)
El peor de los días
En serio, algunos dirían que es el día que todo
hombre teme o debería temer y en mi caso tuvo que ser así. Ya no estoy seguro
de si escribo esto desde una fosa o algún cuarto abandonado y a estas alturas
ya todo da igual.
Era uno de esos días importantes, cuando todos
están tan apurados corriendo de un lado a otro que parecen gallinas
decapitadas. Yo, impecable, listo antes de que la hora lo ameritara, como
siempre. Justo estaba terminando de arreglar mi corbata cuando por el espejo
alcance a ver como entraba ella al cuarto.
- ¡Aleia!
- ¿Qué? – me preguntó ella con su típico tono
burlón
- Se supone que no debería de verte antes de la
boda, es de mala suerte.
- No pasa nada, amor. – Me dijo ella entre
risas y salió del cuarto.
De verdad me encontraba molesto, Aleia había
entrado a la habitación porque necesitaba el maldito celular y tuvo que entrar
personalmente por él, gracias a que el inútil de Carlo, su hermano, no era apto
para realizar ni la mínima tarea de atarse las agujetas.
Aunque debo admitir que mi primera reacción al
ver a Aleia no había sido de enfado, estaba nervioso, entusiasmado y asombrado,
ella lucía absolutamente hermosa, sus labios eran carnosos y sus ojos tan
grandes e hipnóticos, no había en todo el planeta una mujer igual, era perfecta
y estaba por convertirse en mi esposa.
Dos horas después, por fin habíamos llegado. El
lugar donde se llevaría a cabo la celebración de la boda era una zona bastante
apartada de la ciudad, un convento con una gran iglesia y un lago enorme que
aderezaba el escenario. Todo estaba listo, ella, yo y claro, los invitados.
Ahí estaba yo, listo para recibir a mi futura
esposa, de pie, imperturbable en el portal principal de la iglesia. Y ahí
estaba ella, tan deslumbrante, tan llena de luz. Apenas la tomé de la mano, los
invitados procedieron a cubrirnos con una manta enorme que impedía ver el
exterior; era tradición en nuestras familias que aquellos que iban a casarse
debían ser envueltos de pies a cabeza con una manta que representa algo así como
la protección de la pareja para su futura vida como uno solo.
Así que nuevamente, éramos solamente ella y yo
bajo esa espesa manta que nos aislaba de los invitados. Aquellos que se
encontraban afuera y podían ver, eran los encargados de transportar a la pareja
desde la entrada hasta el altar. Vaya que hacía calor debajo de esa manta, pero
yo solo estaba preocupado de proteger el peinado de mi futura esposa.
Entre risas y cálidos empujones, llegamos hasta
el altar, envueltos en aquella manta, juntos, me encontraba realmente feliz.
Debido a la dificultad para caminar que implicaba estar envueltos, terminamos
tirados en el suelo, así que me dispuse a levantar a Aleia y continuar con la
celebración.
De pronto, noté que los labios de mi futura
esposa estaban empapados de un sutil color rojo, me preocupé como nunca y a
partir de ese momento todo comenzó a moverse muy rápido.
- Aleia, ¿estás bien?
- Sí, cariño, no pasa nada.
- Pero... – Continuábamos tumbados en el suelo
de la iglesia y comencé a notar que brotaba más sangre de la boca de mi amada,
sus labios estaban cada vez más rojos.
- ...Cielo, de verdad, debemos parar la boda y
llevarte con un médico.
- No te preocupes, todo estará bien. – Me dijo
ella.
Justo estaba por gritar a todo lo que la voz me
permitiera que alguien corriera por un doctor, cuando las circunstancias me
callaron de golpe. Sin previo aviso unos cinco individuos irrumpieron dentro de
la iglesia gritando y destrozando lo que había a su paso y se dirigían hacia
cualquiera que estuviera a su alcance.
Estaba congelado, sin poder moverme, cuando de
repente, Aleia me miró a los ojos y con toda la fuerza y ternura de la que fue
capaz, me dijo: Corre.
Ni siquiera tuve tiempo para pensar en algo que
decir, cuando otros cuatro sujetos entraron al lugar rompiendo los vitrales de
la iglesia y se lanzaron encima de quien estuviera cerca desgarrando, gritando
y mordiendo.
No podía pensar con claridad, no podía creer lo
que estaba pasando. Al voltear buscando nuevamente la mirada de Aleia, me dí
cuenta de que su vista se encontraba perdida, en dirección al suelo.
Repentinamente levantó el rostro, me miró y puedo jurar que aquello que me
miraba había dejado de ser la mujer que yo conocía.
La rabia inundaba los ojos y las facciones que
unas horas antes me habían contemplado con tanta ternura. Aquella criatura se
puso de pie de un salto y fue entonces cuando en medio de gritos de auxilio y
estruendos guturales, casi sin darme cuenta comencé a correr hacía la salida de
la iglesia.
Ella venía detrás de mí, y en medio de un
charco de sangre y vísceras, yo corría con toda la energía que salía de mis
temblorosas piernas. Salí del lugar, la perdí de vista y con una rápida mirada
alrededor, pude darme cuenta de la masacre que se había desatado en aquél sitio.
Apenas tuve tiempo para respirar, cuando me percaté de que Carlo, el maldito
Carlo, el inútil de mi cuñado, se dirigía corriendo como un demonio hacia donde
yo me encontraba.
Agitado dí media vuelta y comencé a correr en
dirección al lago, el único lugar que parecía encontrarse lejos de ese
infierno. Había perdido a Aleia, pero Carlo seguía detrás de mí y justo estaba
por alcanzarme cuando de una pequeña capilla salió una desafortunada monja a la
cual mi cuñado percibió seguramente como una presa más lenta que yo, así que se
lanzó a despedazarla frente a mis ojos.
En cuanto a mí, estaba ya muy cerca del lago
cuando otros dos sujetos se lanzaron en contra mía, uno incluso logró
derribarme, pero inmediatamente me puse de pie y corrí hacia el lago. A la
orilla del mismo, algunas personas y un buen número de aquellas cosas luchaban
por un poco más de vida.
Con los dos monstruos persiguiéndome, tome la
decisión de internarme en el lago, con la esperanza de que esas abominaciones
rehuyeran el contacto con el agua (maldito Hollywood), comencé a caminar hacia
el interior del lago y aunque continuaban siguiéndome, habían aminorado el
paso, en parte debido al fangoso fondo. Por mi parte nadando hacia atrás para
no perder de vista a mis perseguidores me fui adentrando en el agua. No dejaban
de seguirme, pero de repente uno se detuvo, como si el líquido le impidiera
avanzar y creí que la idea había funcionado, cuando de repente el maldito se
lanzó al agua, quedando debajo, ¡donde ya no podía verlo!, el otro tardó unos
segundos para hacer lo mismo, mientras tanto yo no dejaba de nadar en reversa y
de maldecir, maldecir, que era lo único que podía hacer, porque ya solo me
quedaba esperar.





