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viernes, 26 de julio de 2013

El Peor de los Días

No habría mejor música para ambientar :)

El peor de los días

En serio, algunos dirían que es el día que todo hombre teme o debería temer y en mi caso tuvo que ser así. Ya no estoy seguro de si escribo esto desde una fosa o algún cuarto abandonado y a estas alturas ya todo da igual.

Era uno de esos días importantes, cuando todos están tan apurados corriendo de un lado a otro que parecen gallinas decapitadas. Yo, impecable, listo antes de que la hora lo ameritara, como siempre. Justo estaba terminando de arreglar mi corbata cuando por el espejo alcance a ver como entraba ella al cuarto.

- ¡Aleia!
- ¿Qué? – me preguntó ella con su típico tono burlón
- Se supone que no debería de verte antes de la boda, es de mala suerte.
- No pasa nada, amor. – Me dijo ella entre risas y salió del cuarto.

De verdad me encontraba molesto, Aleia había entrado a la habitación porque necesitaba el maldito celular y tuvo que entrar personalmente por él, gracias a que el inútil de Carlo, su hermano, no era apto para realizar ni la mínima tarea de atarse las agujetas. 

Aunque debo admitir que mi primera reacción al ver a Aleia no había sido de enfado, estaba nervioso, entusiasmado y asombrado, ella lucía absolutamente hermosa, sus labios eran carnosos y sus ojos tan grandes e hipnóticos, no había en todo el planeta una mujer igual, era perfecta y estaba por convertirse en mi esposa.

Dos horas después, por fin habíamos llegado. El lugar donde se llevaría a cabo la celebración de la boda era una zona bastante apartada de la ciudad, un convento con una gran iglesia y un lago enorme que aderezaba el escenario. Todo estaba listo, ella, yo y claro, los invitados.

Ahí estaba yo, listo para recibir a mi futura esposa, de pie, imperturbable en el portal principal de la iglesia. Y ahí estaba ella, tan deslumbrante, tan llena de luz. Apenas la tomé de la mano, los invitados procedieron a cubrirnos con una manta enorme que impedía ver el exterior; era tradición en nuestras familias que aquellos que iban a casarse debían ser envueltos de pies a cabeza con una manta que representa algo así como la protección de la pareja para su futura vida como uno solo.

Así que nuevamente, éramos solamente ella y yo bajo esa espesa manta que nos aislaba de los invitados. Aquellos que se encontraban afuera y podían ver, eran los encargados de transportar a la pareja desde la entrada hasta el altar. Vaya que hacía calor debajo de esa manta, pero yo solo estaba preocupado de proteger el peinado de mi futura esposa.

Entre risas y cálidos empujones, llegamos hasta el altar, envueltos en aquella manta, juntos, me encontraba realmente feliz. Debido a la dificultad para caminar que implicaba estar envueltos, terminamos tirados en el suelo, así que me dispuse a levantar a Aleia y continuar con la celebración.

De pronto, noté que los labios de mi futura esposa estaban empapados de un sutil color rojo, me preocupé como nunca y a partir de ese momento todo comenzó a moverse muy rápido.

- Aleia, ¿estás bien?
- Sí, cariño, no pasa nada.
- Pero... – Continuábamos tumbados en el suelo de la iglesia y comencé a notar que brotaba más sangre de la boca de mi amada, sus labios estaban cada vez más rojos.
- ...Cielo, de verdad, debemos parar la boda y llevarte con un médico.
- No te preocupes, todo estará bien. – Me dijo ella.

Justo estaba por gritar a todo lo que la voz me permitiera que alguien corriera por un doctor, cuando las circunstancias me callaron de golpe. Sin previo aviso unos cinco individuos irrumpieron dentro de la iglesia gritando y destrozando lo que había a su paso y se dirigían hacia cualquiera que estuviera a su alcance.

Estaba congelado, sin poder moverme, cuando de repente, Aleia me miró a los ojos y con toda la fuerza y ternura de la que fue capaz, me dijo: Corre.

Ni siquiera tuve tiempo para pensar en algo que decir, cuando otros cuatro sujetos entraron al lugar rompiendo los vitrales de la iglesia y se lanzaron encima de quien estuviera cerca desgarrando, gritando y mordiendo.

No podía pensar con claridad, no podía creer lo que estaba pasando. Al voltear buscando nuevamente la mirada de Aleia, me dí cuenta de que su vista se encontraba perdida, en dirección al suelo. Repentinamente levantó el rostro, me miró y puedo jurar que aquello que me miraba había dejado de ser la mujer que yo conocía.

La rabia inundaba los ojos y las facciones que unas horas antes me habían contemplado con tanta ternura. Aquella criatura se puso de pie de un salto y fue entonces cuando en medio de gritos de auxilio y estruendos guturales, casi sin darme cuenta comencé a correr hacía la salida de la iglesia.

Ella venía detrás de mí, y en medio de un charco de sangre y vísceras, yo corría con toda la energía que salía de mis temblorosas piernas. Salí del lugar, la perdí de vista y con una rápida mirada alrededor, pude darme cuenta de la masacre que se había desatado en aquél sitio. Apenas tuve tiempo para respirar, cuando me percaté de que Carlo, el maldito Carlo, el inútil de mi cuñado, se dirigía corriendo como un demonio hacia donde yo me encontraba.

Agitado dí media vuelta y comencé a correr en dirección al lago, el único lugar que parecía encontrarse lejos de ese infierno. Había perdido a Aleia, pero Carlo seguía detrás de mí y justo estaba por alcanzarme cuando de una pequeña capilla salió una desafortunada monja a la cual mi cuñado percibió seguramente como una presa más lenta que yo, así que se lanzó a despedazarla frente a mis ojos.

En cuanto a mí, estaba ya muy cerca del lago cuando otros dos sujetos se lanzaron en contra mía, uno incluso logró derribarme, pero inmediatamente me puse de pie y corrí hacia el lago. A la orilla del mismo, algunas personas y un buen número de aquellas cosas luchaban por un poco más de vida.

Con los dos monstruos persiguiéndome, tome la decisión de internarme en el lago, con la esperanza de que esas abominaciones rehuyeran el contacto con el agua (maldito Hollywood), comencé a caminar hacia el interior del lago y aunque continuaban siguiéndome, habían aminorado el paso, en parte debido al fangoso fondo. Por mi parte nadando hacia atrás para no perder de vista a mis perseguidores me fui adentrando en el agua. No dejaban de seguirme, pero de repente uno se detuvo, como si el líquido le impidiera avanzar y creí que la idea había funcionado, cuando de repente el maldito se lanzó al agua, quedando debajo, ¡donde ya no podía verlo!, el otro tardó unos segundos para hacer lo mismo, mientras tanto yo no dejaba de nadar en reversa y de maldecir, maldecir, que era lo único que podía hacer, porque ya solo me quedaba esperar.


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